Empapelé la ciudad con historias

Square

Me decidí, después de varios años y sobresaltos con el síndrome del impostor, a publicar lo que escribo. Hace tiempo que lo hago en internet, disimuladamente y sin mucho bombo o platillo que anuncie que un nuevo texto está terminado.

En cambio, esta vez los publiqué físicamente. No, no hablo de una editorial ni mucho menos. Están más cerca de lo que puedes imaginarte, y gratis; por supuesto, como cualquier artista que reniega del sistema financiero haría.

Coordiné una mañana de domingo con mi amiga, para que me acompañe en la logística de pegar papeles por la ciudad con uno de mis cuentos. Después de googlear la legalidad de nuestro accionar, nos embarcamos —o mejor dicho, nos subimos al colectivo 121 tras veinte minutos de retraso— en busca de paradas, postes y columnas despejadas.

Rosario está dejada, sucia como hace 15 años cuando yo era chica y caminaba de la mano de mis padres, esquivando caca de perro y baldosas rotas. Ese domingo que salimos a empapelar la ciudad, el ambiente estaba particularmente extraño. No se sentía como un domingo; parecía un octavo día de la semana en el que las calles están aún más despobladas que en el séptimo, pero con un aire fresco de novedad, una sensación que parece advertir que algo interesante está por suceder. Algo vívido.

Salimos del barrio y nos bajamos en el centro.

Pegamos el primer cuento en un poste. Hermoso. Le sacamos una foto. Nos sentimos vandálicas y bohemias al mismo tiempo. Una señora dobló en la esquina, nos miró hacer el ridículo y siguió de largo. Otra chica vino hacia nosotras, creí que leería de reojo el papel pero no, solo esperaba la llegada del colectivo. Igual, fue divertido.

Seguimos caminando por calle Mendoza al 1500 y pegamos el relato en otra columna. En el mientras tanto, hablábamos entre nosotras sobre cosas personales, nos poníamos al día mientras creíamos hacer arte. En un momento nos quedamos paradas conversando y noté que un muchacho venía caminando en nuestra dirección, muy abrigado y con capucha. Me miró a los ojos pero yo volví la vista a mi amiga.

Él pasó por detrás de ella y de pronto se frenó a nuestro lado.

Yo tomé a mi amiga y la corrí del brazo para que no le de la espalda al desconocido. Te gustó la plantita, ¿no?, me dijo, señalando una especie de helecho que llevaba en sus manos. ¿No la querés?

Sí, le respondo, me gusta pero no tengo un peso.

No sé cómo, pero sonrío con sus ojos verdes. El barbijo y la capucha no permitía ver nada más. Se parecía al chico con quien di mi primer beso.

Cruzó a mitad de calle y nos quedamos solas de nuevo.

Durante el recorrido, aproveché pequeñas instancias para tomar fotografías. Rápidas, sin pensar demasiado, solo guiándome por la composición básica y confiando en mi instinto. En la zona del Cairo había muchos ancianos yendo a desayunar, por lo que naturalmente me sentí atraída a observar el ambiente. Algunas fotos me gustaron, pero como en todo, termino lamentando aquella que no llegué a capturar.

El elegante señor medía un metro ochenta y cruzó relativamente rápido; o quizás yo fui muy lenta al reaccionar. Cuando me descuidé ya lo había pasado y se me escabulló, con su bufanda roja y sombrero negro, siguió en dirección al café y lo perdí, para siempre.

Me quedé con el celular en la mano y la cámara a medio abrir.

Llegando al río el domingo cambió. Al parecer este octavo ficticio día de la semana se estaba transformando en la normalidad. Más gente, más ruido, más bullicio. Creo que lo llaman el mediodía.

Caminamos por recovecos que conozco desde hace años, pero de alguna forma parecían nuevos. Creo que el que nos guste o no nos guste un lugar depende mucho de nuestro estado de ánimo, de con quién lo estamos transitando y de cómo nos hacen sentir esas personas.

Los lugares están atados a recuerdos. Y la memoria, en principio, no distingue entre los buenos y los malos. Como una buena amiga me dijo una vez: «La felicità, signorina mía, è fatta di attimi di dimenticanza» (La felicidad, señorita mía, está hecha de momentos de olvido).

Y olvidar es precisamente lo que hice ese día. Olvidar para vivir cada instante y cada lugar como si fuera único. Al fin y al cabo, cada combinación lo es.

Me despedí de mi compañera vandálica y volví a casa. Quién diría que varias personas más estarían a punto de encontrarse con mis historias por ahí, en la ciudad de las baldosas rotas y los jubilados del Cairo.


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