La cita que no apareció

Square

Fui a un bar a esperar a alguien que nunca llegó. Puede sonar dramático, pero a fin de cuentas creo que terminó siendo liberador.

Déjeme explicarme.

Después de todos estos meses atravesados por restricciones y botellas de alcohol en gel, llegó un punto en el que conocía cada grieta de las cuatro paredes de mi habitación. No había ninguna mancha nueva por descubrir. Así que decidí aceptar una cita con alguien con quien previamente solo me había comunicado por mensajes. Le gustaba Oasis, con eso me convenció. Después de todo, ya tenía los ojos colorados de tantas horas mirando películas. Era momento de ver un poco del mundo exterior.

¿Jean o pollera? Pollera, porque voy a ponerle un poco de variedad a mi día. ¿Colectivo o bicicleta? Bicicleta, porque el colectivo grita COVID. ¿Son compatibles mis dos respuestas? Sí, se puede manejar la bicicleta en pollera. Está chequeado.

Llegué temprano a la zona céntrica de la ciudad. Compruebo mis mensajes para encontrarme conque mi aviso anunciando que estoy saliendo no fue ni leído. «Sí, dale, nos encontramos por ahí», fue lo último que él me había dicho. Hmmm…

Ato mi bicicleta en un poste y me pongo a caminar. Desde lejos probablemente me veo muy segura. Como la mayoría de las personas en la calle, parece que camino decidida con un lugar en mente al que llegar. Pero no. No sé adonde estoy yendo. Me acuerdo de una librería que quería conocer; está en la zona, así que me dirijo allá.

Las cinco personas que estaban dentro del local están paradas, mirando los libros desde lejos. Nadie habla mucho entre sí. Parece una sala de espera. No sé si debo sacar turno, si puedo pasar, si no. Yo solo quería explorar un poco. Saludo y nadie me contesta. No tengo mucho más que hacer, por lo que me pongo el alcohol en gel que está en la entrada y me quedo mirando. Esta es la librería más rara a la que entré, pienso.

El señor enfrente de mí saca su celular y envía un audio preguntando a su contacto por el pedido que al parecer venía a retirar. Luce como un cadete. No sabía que también podes contratar a gente que pase a buscar tus libros. Estoy confundida. El lugar es deprimente, me vuelvo a poner alcohol en gel y me voy.

La librería no funcionó, vamos por el café. Una llovizna suave comenzó a pintar el pavimento. Me pongo la capucha y reviso mi celular. Nada. Vuelvo hacia mi bicicleta y me voy caminando con ella hacia un pequeño café que, al igual que la librería, tenía guardado en Maps y quería conocer. Por suerte la gente allí respondió a mi saludo. Entré y pedí una mesa para dos.

«Estoy en Canela Fina. Si querés tomamos algo acá, hasta las 18 hs estoy», le escribí en un mensaje. Un chico me trajo la carta y pedí un cappuccino con tiramisú. A esta altura sabía que aquel no vendría.

El bar fue el refugio perfecto de la lluvia. Música tenue, personas amables. Desde donde estoy sentada veo perfectamente a la gente que va llegando y consulta si hay mesas disponibles. Entra una pareja de oficinistas —o al menos esa es la profesión que imagino yo. Están vestidos sólo de blanco & negro. Incluido el bebé que llevan en brazos, su sillita y su mantita. Parecen salidos de un catálogo. La elegante familia se sienta detrás de mí, en silencio. Ni el bebé dice ajó.

Llega mi cappuccino a manos del chico, que parece muy apresurado y con la mente en mil cosas. Le agradezco y desaparece. El bar llegó a su límite de capacidad según el protocolo y las personas que están afuera miran fijamente a quienes estamos dentro, ocupando las preciadas mesas. Me siento un poco intimidada. Como si me devoraran el tiramisú con la mente. Bajo la vista a mi café y escucho a la pareja de modelos hablar eufóricamente. Me sorprendo y volteo disimuladamente. Resulta que conversaban por teléfono, no entre ellos. Qué desilusión. El hombre corta antes que ella, y tan pronto como la mujer termina de sonreír y saludar a su interlocutor, vuelven a estar en silencio, mirando la pantalla del celular. Hasta la criaturita está callada, la durmió el aburrimiento.

No quisiera llegar a su edad y estar así en compañía de alguien más. El problema no es el silencio, es el estar mentalmente en espacios diferentes. Parecen forzosamente juntos. Una cuestión logística.

Tomé lo último del café y volví a mirar el celular. Ningún mensaje. Aún faltaban 40 minutos para las 18 hs. No terminé mi tiramisú que llamé al mozo para pagar la cuenta. Antes de salir volví a pispear a la pareja. Seguían con sus respectivos celulares, pero ahora el bebé estaba despierto mirando la nada. Sentí un escalofrío y me fui.

Volví a casa sin mojarme, las densas nubes se habían disipado. No fue hasta la medianoche que recibo un mensaje:

«Estuve todo el día sin batería y me olvidé el cargador».

Su justificación tenía más vacíos legales que Caso Cerrado, pero no me molesté en contestar. Tampoco volví a hablar con él.

Después de todo, el día no estuvo tan mal. El encuentro con él fue solo la excusa. A veces es bueno no tener muchas expectativas. Así te dejas sorprender y disfrutas de lo que sucede, sin esperar nada de nadie, ni siquiera un saludo del personal de la librería. Aunque… la verdad, no creo que la pareja de modelos llegue a casa ansiando lo mismo, mas bien todo lo contrario.


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